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  • ¿Qué sentimos ante el dibujo?

    05
    mars
    2018

    ¿Lo miramos? ¿Qué deseo suscita en nosotros? ¿Nos sentimos próximos de esos niños? ¿De los dos? ¿O con alguna prioridad? ¿Qué podemos decirles?

REZAR CON JUANA DE LESTONNAC

Dejó oír (Dios) sensiblemente su voz en el fondo de su corazón en estos términos: “Cuida, hija mía, de no dejar apagar jamás este sagrado fuego que yo he encendido en tu corazón y que te lleva ahora con tanto ardor a mi servicio.” (HO: p.53)

Así es como se presenta Juana de Lestonnac cuando tiene aproximadamente 12-13 años. Una adolescente que alimentaba de deseos y sueños su futuro en un entorno político, religioso y familiar muy complicado.

Juana recibió una sólida educación gracias a la cultura humanista que le transmite su madre, Jeanne Eyquem de Montaigne, la hermana de Michel, el autor de “Los Ensayos”.

Durante un periodo de su infancia también tuvo contacto con la fe de los Reformados, por una temporada durante la que vivió en casa de un hermano de su madre, que era un ferviente calvinista. Pero su padre, Richard de Lestonnac: “Él defendió siempre a su Hija contra los imprevistos de una peligrosa educación […]. Michel de Montaigne actuaba de acuerdo con él […] y empleó todo su gran talento en mantener a su sobrina en el lado de la verdad […].Se dedicaba a esto con tanto más placer en la misma medida en que estaba encantado con la belleza del alma de esta Joven.” (HO: p. 49)

Al repasar dicha época de su vida, Juana supo después interpretar de otro modo la forma de actuar de Dios hacia ella. Dios vino para ampararla y protegerla en la fragilidad propia de la infancia. Por ello, le mandó los apoyos necesarios a través de las personas que se ocuparon de cuidarla. A Juana le gustaba utilizar las palabras de este versículo de un salmo para referirse a ella: “Nuestra alma escapó cual ave del lazo de los cazadores; se quebró el lazo, y escapamos nosotros.” (Ps 124)

Pero muy pronto Juana comenzó a vivir una relación difícil con su madre, dado que el amor que ella le profesaba ya no tenía respuesta. La señora de Lestonnac, sorprendida por la oposición de su hija a sus enseñanzas y, al entender que no sería posible ganarla para la causa calvinista, se distancia de Juana. “Entonces la ternura de la Madre disminuyó y su mal proceder quedó confundido; no podía soportar más a su Hija y, aunque continuasen viviendo juntas, se llegó no obstante a una gran separación: la del corazón.” (HO: p. 53). Por lo que se refiere a Juana, no quiso por ello menos a su madre.

A pesar de padecer esta situación, Juana participa en las recepciones a las que asisten los jóvenes de Burdeos, y le complace destacar por su talante y su belleza.

Pero poco a poco se produce un cambio en ella. Queda marcada por las palabras del Padre Auger y, desde hace algún tiempo, está muy impresionada por Santa Teresa de Ávila. Le llegan voces de la obra de esta mujer que, gracias a la fuerza de su fe, está renovando la Orden del Carmelo en España, apelando a las religiosas a volver a lo esencial: un amor indivisible por Jesucristo Nuestro Señor. Juana desearía que hubiese una figura similar en Francia. “¿Qué, decía, puede hacer una joven en España según dicen, y no estará permitido hacer lo mismo en Francia?” (SM, p.9)

Juana se mostraba entonces más reservada, más reflexiva: “En ella va cobrando fuerza la convicción de que la vida se desarrolla en otro lugar; no está segura de dónde está es ese lugar, pero cree que no es en los salones ni en las reuniones elegantes y frívolas a las que le complacía asistir. Puede que ese lugar estuviera fuera, en las calles donde reina la miseria. Puede que estuviera entre las personas humildes e ignorantes. O tal vez en la paz silenciosa y acogedora de un monasterio… Esta idea se va abriendo camino poco a poco, hasta convertirse en una profunda atracción interior.” (CM, p.28)

La presencia de María empieza a acompañarla, a cobrar importancia en su camino de fe. Mientras se debate entre las intuiciones, problemas y aspiraciones que le embargan, Juana experimenta una profunda atracción por la oración. Y es en esos momentos de intimidad en los que le expresa al Señor su profundo deseo de entregarse a él y de ponerse a su servicio, y sus peticiones reciben una respuesta inmediata con estas palabras que resuenan en su corazón:


“Cuida, hija mía, de no dejar apagar jamás este sagrado fuego que yo he encendido en tu corazón y que te lleva ahora con tanto ardor a mi servicio.”(HO p:53)

 Unas palabras que la iluminan y le ayudan a entender que todavía no había llegado el momento de consagrarse al Señor.

Unas palabras que le enseñan que se encontrará en ciertas circunstancias que podrán apagar o atenuar la intensidad de dicha llama si ella no la alimenta.

Unas palabras que la preparan para tomar sendas en apariencia apartadas del fin que se proponía, pero que le hacen comprender que el mismo Dios la guía.

Y es así como prosiguió la lenta formación que el Espíritu obraría en Juana, forjándola en el buen discernimiento, en la respuesta inteligente y generosa a las exigencias del momento presente, a la par que se avivaba ese fuego de amor que procuraría luz y calor a todas las personas que se le acercaban.

 

Extracto del libro "Rezar 15 días con SANTA JUANA de LESTONNAC sobrina de Montaigne"

par Colette Codet de Boisse, odn y Francoise Lacaze, odn. Ed Nouvelle Cité


¿Y cómo hacer para mantener vivo ese fuego que el Señor enciende en cada uno de nosotros de una forma única?

“He venido a echar fuego en la tierra. ¡Y cómo quisiera que ya estuviese encendido!”

(Lucas 12:49)
 
El Fuego es en la Biblia el símbolo de la experiencia de Dios y de su presencia: fuego de la zarza ardiente (Éx. 3:2), fuego del Sinaí (Éx.19:18), columna de fuego (Éx. 13:21), fuego de Elías y los profetas abrasados por el amor de Dios.

El fuego es también el símbolo de la purificación: Jesús anuncia que el Reino de Dios llegará en forma de fuego purificador y separará a los justos de los pecadores.

El fuego, para el evangelista San Lucas, simboliza también el Espíritu: recordemos por ejemplo las lenguas de fuego de Pentecostés, o el fuego que sienten arder en su corazón los discípulos de Emaús.

Jesús anuncia que ha venido para que el mundo sea purificado por el Espíritu Santo y abrasado por el fuego de su amor.